La comarca de Molina de Aragón – Alto Tajo conserva un patrimonio rupestre de enorme valor, repartido en distintos puntos del territorio. Cuevas, abrigos y rocas grabadas permiten asomarse a una historia remota, en la que las primeras comunidades humanas dejaron testimonio de su forma de mirar, comprender y representar el mundo.
Estas manifestaciones pertenecen a diferentes momentos de la Prehistoria. Algunas se vinculan al Paleolítico Superior, con una antigüedad aproximada de entre 30.000 y 11.000 años antes del presente, mientras que otras corresponden a la Prehistoria reciente, con ejemplos de arte levantino y esquemático fechados, de forma aproximada, entre 8.000 y 4.000 años antes del presente.
El resultado es un conjunto excepcional que convierte a la comarca en un destino de gran interés para quienes desean descubrir la relación entre arte, paisaje, arqueología y memoria.
La Cueva de los Casares, situada en Riba de Saelices, es uno de los grandes referentes del arte rupestre paleolítico del interior peninsular. Sus grabados y pinturas forman parte del llamado Arte Paleolítico Europeo y testimonian la presencia de grupos humanos en este territorio desde hace decenas de miles de años. Además, está protegida bajo la figura de Bien de Interés Cultural (BIC).
Su importancia es especialmente notable porque demuestra que las comunidades del Paleolítico Superior también habitaron y representaron simbólicamente espacios de interior y de montaña, en zonas tradicionalmente consideradas marginales frente a otros grandes focos de arte prehistórico.
La cueva se encuentra en el entorno del Valle de los Milagros, un paisaje de gran valor geológico y ambiental excavado por el río Linares. Este valle ayuda a comprender el contexto natural en el que se integra el yacimiento: rocas, abrigos, formas erosivas, fauna rupícola y una larga historia de relación entre el ser humano y el territorio.
La Cueva de la Hoz, en Anguita – Santa María del Espino, es otro de los enclaves destacados del arte rupestre paleolítico en la comarca. Al igual que la Cueva de los Casares, conserva manifestaciones gráficas de gran antigüedad y se sitúa en un entorno de elevada altitud. En su interior se conservan cerca de un centenar de grabados y pinturas, con una temática fundamentalmente animal: caballos, ciervos, renos y bisontes.
Ambas cavidades destacan por formar parte de los yacimientos con grafías paleolíticas más altos de Europa, lo que aporta una información muy valiosa sobre la capacidad de adaptación de los grupos humanos prehistóricos a ambientes de montaña, con climas potencialmente rigurosos. Está protegida bajo la figura de Bien de Interés Cultural (BIC).
En las proximidades de Rillo de Gallo se localiza un conjunto de abrigos con pinturas prehistóricas conocido como Abrigos Rupestres de Rillo de Gallo o Abrigos del Llano. Dentro de este conjunto se distinguen diferentes espacios, como el Rillo de Gallo, denominados Rillo I (o de El Llano) y Rillo II, por lo que conviene entenderlos como parte de un mismo enclave rupestre.
Estos abrigos conservan pinturas pertenecientes al arte levantino y al arte esquemático. Las representaciones levantinas muestran figuras humanas y animales de carácter más naturalista, en algunos casos relacionadas con escenas de caza u otras actividades. Las pinturas esquemáticas, de cronología más reciente, presentan motivos más simplificados, como antropomorfos, signos abstractos o formas de difícil interpretación.
El conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998, dentro del arte rupestre del arco mediterráneo de la Península Ibérica. Su interés es especialmente relevante porque constituye uno de los ejemplos más occidentales de este ciclo artístico.
Descubrir el arte rupestre de Molina de Aragón – Alto Tajo es viajar al origen de la expresión simbólica. Cada cueva, abrigo o roca grabada permite comprender que este territorio fue habitado, recorrido e imaginado desde la Prehistoria.
Antes de los castillos, los caminos medievales, los pueblos serranos o la cultura pastoril, estas sierras, hoces y valles ya formaban parte del universo de nuestros antepasados. Su huella permanece hoy en la roca como un patrimonio frágil, único y profundamente vinculado al paisaje.
Conocerlo es mirar la comarca de otra manera: no solo como un destino de naturaleza, sino como un territorio de memoria milenaria.